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Aquellos carnavales de antes Carnaval en el «Bajo»
Por "El Loro" Ramón Collazo
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Ahora que tengo muchos años, me da tristeza recordar algunos aspectos del carnaval del Bajo. Creo sumamente difícil que las personas que no hayan vivido por ese barrio puedan recordar ese día especial que se ofrecía a las prostitutas una vez cada tantos carnales. Pero sucedía. Algún año que otro, y según la benevolencia del comisario, se permitía las meretrices - permiso de la jefatura por medio- hacer prostitución y carnaval al mismo tiempo.
. Esto ocurría solamente una tarde y apenas desde las cinco de la tarde a las ocho de la noche y con mucha formalidad.
Las cuatro mujeres de cada prostíbulo podían disfrazarse y sentarse en una silla o quedarse paradas recostadas a la pared de la casa donde trabajaban, pero de ninguna manera podían circular ni ofrecer amor en voz alta, cosas ambas estrictamente vigiladas por la policía bajo pena de prisión. Para poder abandonar esa posición era necesario pedir permiso al vigilante y explicar el motivo de la salida, que siempre era el de comprar alguna bebida o hacer reposición de papelitos o serpentinas. Algunas se hacían el disfraz, otras lo alquilaban. Y era doloroso ver con que poca elegancia terminaban luciendo aquellos trapos que a las cinco de la tarde estaban limpios y vaporosos pero que al anochecer quedaban totalmente ajados porque la clientela obligaba a sacárselos y a ponérselos varias veces en muy pocas horas.
El trabajo era intenso y rendidor (Algunas duplicaban la tarifa porque para muchos hombres era novedad ocuparse con una japonesa, una aldeana o una dama antigua). Aunque el entusiasmo por el carnaval no se debía a eso. A estas pobres mujeres que vivían todo el año casi encarceladas o poco menos, se les permitía, por una tarde, invitar a los hombres de una manera más elegante y poética. Una serpentina, un puñado de papelitos o un lanza perfume constituían una invitación más delicada que decir a grito pelado: "Che, botija, entra que no te apuro...cinco reales y como vos quieras..."
Como el lector puede ver, se organizaba un corso de peatones (sin aviso en la prensa) durante el cual las damas no podían circular. El hombre en aquellos tiempos todavía era un poco ingenuo y se disfrazaba para dar una vuelta por la calle Yerbal, aunque eso provocara un verdadero derrumbe de toda la literatura y la poesía carnavaleras, porque no se concibe que un Pierrot venga a un burdel a buscar a su colombina, (¿o sí?). La hora ocho marcaba el fin de esta forma de carnaval con meretricio. Y si las más atrevidas pretendían quedarse un ratito más en la puerta porque la tarde no había sido fructífera, llegaba un vigilante que subiendo a la vereda las empujaba como quien mete vacas en un corral hasta que ellas, murmurando palabrotas y con la silla al hombro, se metían para adentro.
Todo ese espectáculo lo observaba yo desde la azotea de nuestro negocio y como era un muchacho, no alcanzaba a comprender por qué ese carnaval con peatones y prostitutas sentadas en sillas o recostadas a la pared, no me resultaba ni festivo ni agradable como los corsos de 18 de Julio. Ahora sí lo comprendo: las formas de la ilusión resultan tristes en los lugares donde ya no hay sitio para la esperanza. En el Bajo soñar era una burla, allí el carnaval se hacía más cruel cuanto más inocentes fueran los disfrazados y más ansiosas de delicadeza estuvieran las mascaritas.
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